Bajando al valle un sabio se cruzó en mi camino. Me quedé un tiempo mirándolo, sin saber si esquivarlo o pasar de él. Le arrojé piedras que con su fuerza él arrastraba. Probé con piedras más grandes, pero eran demasiado pesadas para levantarlas yo solo. Busqué caminos alternativos, pero donde quiera que fuera, allí estaba él, impidiendo mi camino (o acaso mostrándomelo).
Fue entonces que el sabio Aurín me habló, cuando comprendí que el único camino pasaba por mojarme. Así fue que comprendí que por mucho que trates de evitar algo, ese algo acaba encontrándote y que la única manera de seguir adelante es mojándote en él.
Ese sabio era el río Aurín, que se cruzó en mi camino. Mi primer pensamiento fue cruzarlo sin mojarme. Así que estuve un tiempo tratando de construir en vano un puente a base de piedras, que la corriente con gran facilidad hacía rodar. Aquellas rocas demasiado grandes, eran también demasiado pesadas. Sin encontrar ninguna salida, me dirigí a la entrada del río, y sólo cuando me descalcé y dejé que la corriente besara mis pies, descubrí que ese es el camino. No se puede vivir sin mojarse.
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