Se balancean en tus tirabuzones, alegres ruiseñores,
su canto es el cortejo de las miradas enamoradas,
de los besos esculpidos que resbalan como calan.
No hay en ellos lugar para atlantes de funesto soñar,
corrijen tus dedos el oleaje del mar
y mientras, arañas de piel de nácar ríen encantadas.
Y ella cae libre desde su montaña,
bautizando los ríos tintos,
de culebras danzarinas y de antiguos mitos.
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