Idiotas al tren
Viajeros al
tren- replicaba una voz como de campanilla-
Yo en mi
interior me decía; idiotas al tren.
La
primera vez que oí hablar de ello me pareció un imposible tan solo posible en
los cuentos de ciencia ficción de Julio Verne. Esta sería- pensé- una de
aquellas aventuras que conducen a ninguna parte.
Era
evidente que entonces no sabía lo que hoy me contaron mis canas negras. Y es
que mi aventura no me llevaría muy lejos, pero sí a otro tiempo.
Hace
ya varios años, cuando en Suiza experimentaban con el acelerador de partículas
en el Cern, mucha gente llegó a creer
que eso podría llegar a crear –seguramente nadie se preguntó cómo- un agujero
negro que lo engulliría todo menos la estupidez humana.
Hoy,
casi medio siglo después, no son las partículas lo que se trata de acelerar,
sino la propia vida. El 2033 sería el año en el que se empezaría a construir una
obra faraónica para toda la humanidad, retando al mismísimo dios del tiempo,
Cronos. Paradójicamente, y como no puede ser de otra manera, ése era el nombre
que recibió dicha obra. Parece que a la ciencia siempre le haya interesado la
mitología griega, al menos, para dar nombre a sus descubrimientos. Pero, ¿por
qué retar al tiempo? ¿Acaso creemos que podemos ser otra cosa salvo sus prisioneros?
Por lo visto la soberbia humana va acorde con la estupidez, aunque no es nada
nuevo. Viajar en el tiempo siempre ha sido uno de los grandes sueños por
cumplir, pero esta vez no se realizaría en un Delorean -como en las dos
primeras partes de regreso al futuro- sino en un moderno ferrocarril, de cuyo
nombre no quiero acordarme.
En
realidad la idea era muy simple. A finales del siglo XX ya existían las
primeras locomotoras maglev o transportes de levitación magnética.
Éstas tenían la ventaja de que a diferencia de los transportes convencionales
sobre ruedas, eran más rápidas y silenciosas, pues utilizando un gran número de
imanes para la sustentación y la propulsión a base de la levitación magnética
se conseguía velocidades altísimas de varios cientos de km/h. Ahora la idea era todavía mucho más eficaz,
pues se había logrado ampliar considerablemente la fuerza de atracción
gravitatoria controlada a través de superordenadores de modo que incrementando
la potencia magnética de los siguientes metros a los que se encontraba el tren,
éste avanzaba con mucha más fuerza y rapidez al tramo anterior, y así hasta
alcanzar la velocidad deseada, que superaba con mucho la velocidad del sonido.
El tema de la resistencia al aire-que en un principio supuso un gran problema-
se había suprimido gracias a que el vehículo viajaba por un túnel al vacío. Así
se habían logrado dos cosas: la primera, como era obvio, que se lograse una
velocidad constante de varios miles de km/h. Y la segunda, el poder controlar
en todo momento que el juguetito no saltase por los aires.
Sin embargo, la parte más
complicada fue el alargar el túnel por todo el diámetro de la tierra, que
alcanzaba 12.756 km por el ecuador -casi nada-. Al final de casi tres décadas,
movilizando a los principales ingenieros y organizaciones científicas internacionales, así como gobiernos para
financiar la obra la
obra concluyó. Fue considerada una de las grandes maravillas universales,
también observables desde el espacio exterior, como la muralla china. Ya sólo
faltaba la prueba final, la puesta en marcha. Pero, ¿quién podía ser tan
estúpido para tirar 20 años en una semana? Así es, el viajar en el tiempo no era sino un viaje de una semana,
totalmente sedado en una de las cámaras en el estómago de aquel gigante, mientras
en el exterior habría transcurrido casi dos décadas. Resultó que uno de esos
valientes –idiotas- fui yo, junto con cuatro más. Un matemático, un ingeniero,
un astrofísico y una bióloga. En un cerrar y abrir de ojos todo sucedió
demasiado deprisa, o demasiado despacio…
Una náusea seguida de un torrente
de babas y tos fue mi primer recuerdo. Al poco, un enjambre de periodistas nos
seguía el rastro como si fuéramos flores silvestres. Las siguientes 48 horas
las pasamos en el centro de observación médica de la I.A.S (International
Agency of Sciencie), fruto de la unión entre las agencias europea y
estadounidense. Después de un intenso reconocimiento los cinco estábamos listos
para hablar ante un mundo envejecido. Yo, todavía no era del todo consciente de
lo que eso significaba, y no sabía hasta que punto un jet lag de 20 años podía provocar. Cuando decidí unirme al proyecto
había tenido que renunciar a muchas cosas. Una de ellas, la más importante, era
haber renunciado a compartir todo ese tiempo con mi familia, mis amigos, y el
haberme separado de mi novia hace una semana. Marga era física teórica, sabía
mucho sobre temas de astrofísica, cosmología, e incluso había luchado por que
ella fuera la sexta de aquella misión de fines científicos poco esclarecidos
aún. Por desgracia, eso no era suficiente para que tomara parte entre nosotros,
y varias semanas antes –o años, según se mire- había visto truncada toda
esperanza de permanecer conmigo. Paradójicamente, siempre hablábamos de
envejecer juntos, pero un hito como este, merecía en aquel entonces un
sacrificio menor, o eso creía yo. Con forme avanzaban los minutos, la marea de
preguntas que surgía en mi mente eclipsaba las preguntas de los periodistas.
Tan sólo pensaba en salir de ahí cuanto antes, y reunirme con los míos –o lo
que quedaba de ellos-. Una vez acabada la pesadilla mediática, se nos
proporcionó un medio de transporte que nos condujo a nuestros antiguos hogares,
aunque en mi caso, resultaba ser un nuevo hogar, en su sentido más literal. Me
dejaron en la puerta del número 13 en la calle de los olvidados, sonreí con
cierto cinismo, ¿casualidad? El nuevo edificio en el que ahora vivía mi madre,
aunque moderno, su interior recordaba a los años 50, sí, a los del siglo XXI,
el 2050. Decidí no coger el ascensor, ya
había estado encerrado una semana y no quería volver a estarlo más de lo
imprescindible. Por otra parte, si mi madre tenía 62 años hace una semana, eso
significaba que ahora…
Las dudas me ahogaban mientras
subía por las escaleras hasta el cuarto piso. Mi corazón jadeante, empujaba por
quebrar mi esternón. Algo me decía que no era por el esfuerzo de subir unas
cuantas escaleras. Era un valiente para los ojos del mundo, y un villano para
mi propia familia a la que había abandonado. ¿Era esto realmente así? No
encontraba una respuesta negativa. Me preguntaba cómo me recibiría, cómo habría
envejecido, o si incluso me recordaría. Maté de un timbrazo todas mis dudas y
la puerta automática se abrió. Al fondo de un estrecho pasillo se encontraba mi
madre, recostada en una tumbona, blanca, triste y quebradiza. Más delgada y
temblorosa, pero tan buena como antes. Mi miedo a que no me reconociese debido
a la edad se esfumó de un plumazo al ver dibujar una sonrisa y un par de
lágrimas en su mejilla. Aquel momento solo lo empañaron mis propias lágrimas.
Nos abrazamos y sentí todo el calor de su pecho junto al mío. No supe pedirle
perdón, así que me callé y disfruté del eterno instante.
-Todo este tiempo hijo mío, dónde
has estado- Me sentía un poco como aquellas personas que iban a por tabaco y no
se volvía a saber de ellas hasta años después. Y pensar que se habría pasado
¡veinte años!, mirando por la tele como un tren daba vueltas a la tierra una y
otra vez todos los días. Después de aquel abrazo me sentía todavía más culpable
y vulnerable. El verla tan desmejorada ¿se debía a la ciencia o a la magia
negra? Me costaba creer que fuera por lo primero. Y es que esto es lo que pasa
a una madre cuando la privas del calor de un hijo, como una planta sin luz, se
marchita. No, no tenía perdón, pero haría lo posible por compensar el tiempo
que nos quedara juntos. Hablamos durante horas, me contó que mi hermano había
estado siempre viviendo con ella. Había sabido cuidarla en todo momento como un
perro guardián, y es que yo siempre fui mucho más gato. Raúl seguía casi igual,
algo más ancho y aunque él siempre había sido el hermano mayor, ahora lo era
con mucha más razón. Seguía soltero, aunque llevaba dos años y medio saliendo
con una chica, y parece que esta vez iba en serio. También hablamos sobre
nuestros amigos. Al parecer Jesús se había casado hace ya algunos días –bueno,
años…- y era padre de una niña. En mi imaginación bromeaba lo fácil que
resultaría ganarle ahora al frontón, yo con mis escasos 30 y él…bueno, qué más
da, tan sólo tendríamos que buscar algo que nos equilibrase a ambos, ¿golf? Algunos de los restantes se les había perdido
la pista. Por ejemplo, Ernesto se fue a Londres, y ahora vivía allí. En cuanto
a Roberto, ahora dirigía la empresa de su difunto padre y estaba divorciado.
Con todo, no podía evitar pensar
que el resto de mi vejez la pasaría en solitario. ¿Sería este el precio que debía
pagar? Me había decidió a marcharme al campo, no quería saber nada del mundo
excepto de mi familia. Al rato, una
mujer que me reconoció salió al encuentro.
-Es usted, ¡el viajero del
tiempo!- ¿Debía sentirme orgulloso? No lo creo, pero asentí y me presté a
escucharla. –He seguido muy de cerca todo el acontecimiento, no se imagina
usted como me gustaría poder hacer lo mismo, más ahora teniendo en cuenta que
quizá en el futuro existan nuevos medicamentos para la enfermedad que padece mi
marido-
-Ninguna enfermedad podría
devolverme todo este tiempo- Le dije. –Ustedes pasarán el tiempo que les quede
juntos, pero yo estaré obligado a vivir en soledad mis últimos días, perdiendo
a todos aquellos a los que conocí- Quizá ahora lo enfocara de modo distinto. Ello
me hizo pensar en Marga. Ahora sería una mujer bien madura, es probable que se
hubiese casado y formado una familia. Yo lo había sacrificado todo a cambio de
que, ¿de vivir un poco más y peor? No podía evitar echarla de menos, habíamos
compartido muchas cosas y fui un egoísta al marcharme.
Un par de semanas después, el
aguijonazo de la culpa me hizo mover el culo, así que decidí ir a verla.
Comprobé en el registro que su dirección seguía siendo la misma, aquel barrio
residencial de verdes hayas representaba –junto al jardín botánico- el gran
pulmón de la ciudad. Por un momento caí en el sin sentido de encontrarme ante
una desconocida con una familia que me dibujaría una de esas sonrisas cínicas.
Después de todo, ¿quién era yo para molestarla? ¿No había decidido ya un futuro
en solitario? Las brasas aún candentes en mi interior me obligaron a llamar a
la puerta, pues para mí, no hacía sino escasos días que no la veía, aunque para
ella fuera mucho más. Llamé y me abrió sus puertas de cristal. Allí estaba el
fantasma, intemporal, igual que siempre, con su pelo largo y los labios
callados, nos miramos como dos lechuzas asustadas. Envolviéndonos con las alas
nos besamos y callamos para siempre, juntos.
Resultó que sí hubo un sexto
pasajero, incorporado minutos después de dormirnos.
Pocos días antes, sabiendo que no me iría sin
más, decidió romper conmigo. He de confesar que eso me facilitó las cosas, de
otro modo no hubiese podido marcharme sin más. Marga siempre supo ir un paso
por delante, incluso cuando se trataba de viajar, sabía cómo anticiparse a los
hechos. Esta vez lo hizo una vez más. Éramos dos idiotas en un tren, pero dos
idiotas enamorados, lo demás, no importaba demasiado.
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