miércoles, 24 de julio de 2013

Idiotas al tren

Fue un sueño...y como tal lo cuento. A tí...mi mejor instante eterno, el que me hizo feliz.

Idiotas al tren


Viajeros al tren- replicaba una voz como de campanilla-
Yo en mi interior me decía; idiotas al tren.

La primera vez que oí hablar de ello me pareció un imposible tan solo posible en los cuentos de ciencia ficción de Julio Verne. Esta sería- pensé- una de aquellas aventuras que conducen a ninguna parte.
Era evidente que entonces no sabía lo que hoy me contaron mis canas negras. Y es que mi aventura no me llevaría muy lejos, pero sí a otro tiempo.
Hace ya varios años, cuando en Suiza experimentaban con el acelerador de partículas en el Cern, mucha gente llegó a creer que eso podría llegar a crear –seguramente nadie se preguntó cómo- un agujero negro que lo engulliría todo menos la estupidez humana.
Hoy, casi medio siglo después, no son las partículas lo que se trata de acelerar, sino la propia vida. El 2033 sería el año en el que se empezaría a construir una obra faraónica para toda la humanidad, retando al mismísimo dios del tiempo, Cronos. Paradójicamente, y como no puede ser de otra manera, ése era el nombre que recibió dicha obra. Parece que a la ciencia siempre le haya interesado la mitología griega, al menos, para dar nombre a sus descubrimientos. Pero, ¿por qué retar al tiempo? ¿Acaso creemos que podemos ser otra cosa salvo sus prisioneros? Por lo visto la soberbia humana va acorde con la estupidez, aunque no es nada nuevo. Viajar en el tiempo siempre ha sido uno de los grandes sueños por cumplir, pero esta vez no se realizaría en un Delorean -como en las dos primeras partes de regreso al futuro- sino en un moderno ferrocarril, de cuyo nombre no quiero acordarme.

En realidad la idea era muy simple. A finales del siglo XX ya existían las primeras locomotoras maglev o transportes de levitación magnética. Éstas tenían la ventaja de que a diferencia de los transportes convencionales sobre ruedas, eran más rápidas y silenciosas, pues utilizando un gran número de imanes para la sustentación y la propulsión a base de la levitación magnética se conseguía velocidades altísimas de varios cientos de km/h.  Ahora la idea era todavía mucho más eficaz, pues se había logrado ampliar considerablemente la fuerza de atracción gravitatoria controlada a través de superordenadores de modo que incrementando la potencia magnética de los siguientes metros a los que se encontraba el tren, éste avanzaba con mucha más fuerza y rapidez al tramo anterior, y así hasta alcanzar la velocidad deseada, que superaba con mucho la velocidad del sonido. El tema de la resistencia al aire-que en un principio supuso un gran problema- se había suprimido gracias a que el vehículo viajaba por un túnel al vacío. Así se habían logrado dos cosas: la primera, como era obvio, que se lograse una velocidad constante de varios miles de km/h. Y la segunda, el poder controlar en todo momento que el juguetito no saltase por los aires.  
Sin embargo, la parte más complicada fue el alargar el túnel por todo el diámetro de la tierra, que alcanzaba 12.756 km por el ecuador -casi nada-. Al final de casi tres décadas, movilizando a los principales ingenieros y organizaciones científicas internacionales, así como gobiernos para financiar la obra la obra concluyó. Fue considerada una de las grandes maravillas universales, también observables desde el espacio exterior, como la muralla china. Ya sólo faltaba la prueba final, la puesta en marcha. Pero, ¿quién podía ser tan estúpido para tirar 20 años en una semana? Así es, el viajar en el tiempo no era sino un viaje de una semana, totalmente sedado en una de las cámaras en el estómago de aquel gigante, mientras en el exterior habría transcurrido casi dos décadas. Resultó que uno de esos valientes –idiotas- fui yo, junto con cuatro más. Un matemático, un ingeniero, un astrofísico y una bióloga. En un cerrar y abrir de ojos todo sucedió demasiado deprisa, o demasiado despacio…

Una náusea seguida de un torrente de babas y tos fue mi primer recuerdo. Al poco, un enjambre de periodistas nos seguía el rastro como si fuéramos flores silvestres. Las siguientes 48 horas las pasamos en el centro de observación médica de la I.A.S (International Agency of Sciencie), fruto de la unión entre las agencias europea y estadounidense. Después de un intenso reconocimiento los cinco estábamos listos para hablar ante un mundo envejecido. Yo, todavía no era del todo consciente de lo que eso significaba, y no sabía hasta que punto un jet lag de 20 años podía provocar. Cuando decidí unirme al proyecto había tenido que renunciar a muchas cosas. Una de ellas, la más importante, era haber renunciado a compartir todo ese tiempo con mi familia, mis amigos, y el haberme separado de mi novia hace una semana. Marga era física teórica, sabía mucho sobre temas de astrofísica, cosmología, e incluso había luchado por que ella fuera la sexta de aquella misión de fines científicos poco esclarecidos aún. Por desgracia, eso no era suficiente para que tomara parte entre nosotros, y varias semanas antes –o años, según se mire- había visto truncada toda esperanza de permanecer conmigo. Paradójicamente, siempre hablábamos de envejecer juntos, pero un hito como este, merecía en aquel entonces un sacrificio menor, o eso creía yo. Con forme avanzaban los minutos, la marea de preguntas que surgía en mi mente eclipsaba las preguntas de los periodistas. Tan sólo pensaba en salir de ahí cuanto antes, y reunirme con los míos –o lo que quedaba de ellos-. Una vez acabada la pesadilla mediática, se nos proporcionó un medio de transporte que nos condujo a nuestros antiguos hogares, aunque en mi caso, resultaba ser un nuevo hogar, en su sentido más literal. Me dejaron en la puerta del número 13 en la calle de los olvidados, sonreí con cierto cinismo, ¿casualidad? El nuevo edificio en el que ahora vivía mi madre, aunque moderno, su interior recordaba a los años 50, sí, a los del siglo XXI, el 2050.  Decidí no coger el ascensor, ya había estado encerrado una semana y no quería volver a estarlo más de lo imprescindible. Por otra parte, si mi madre tenía 62 años hace una semana, eso significaba que ahora…

Las dudas me ahogaban mientras subía por las escaleras hasta el cuarto piso. Mi corazón jadeante, empujaba por quebrar mi esternón. Algo me decía que no era por el esfuerzo de subir unas cuantas escaleras. Era un valiente para los ojos del mundo, y un villano para mi propia familia a la que había abandonado. ¿Era esto realmente así? No encontraba una respuesta negativa. Me preguntaba cómo me recibiría, cómo habría envejecido, o si incluso me recordaría. Maté de un timbrazo todas mis dudas y la puerta automática se abrió. Al fondo de un estrecho pasillo se encontraba mi madre, recostada en una tumbona, blanca, triste y quebradiza. Más delgada y temblorosa, pero tan buena como antes. Mi miedo a que no me reconociese debido a la edad se esfumó de un plumazo al ver dibujar una sonrisa y un par de lágrimas en su mejilla. Aquel momento solo lo empañaron mis propias lágrimas. Nos abrazamos y sentí todo el calor de su pecho junto al mío. No supe pedirle perdón, así que me callé y disfruté del eterno instante.

-Todo este tiempo hijo mío, dónde has estado- Me sentía un poco como aquellas personas que iban a por tabaco y no se volvía a saber de ellas hasta años después. Y pensar que se habría pasado ¡veinte años!, mirando por la tele como un tren daba vueltas a la tierra una y otra vez todos los días. Después de aquel abrazo me sentía todavía más culpable y vulnerable. El verla tan desmejorada ¿se debía a la ciencia o a la magia negra? Me costaba creer que fuera por lo primero. Y es que esto es lo que pasa a una madre cuando la privas del calor de un hijo, como una planta sin luz, se marchita. No, no tenía perdón, pero haría lo posible por compensar el tiempo que nos quedara juntos. Hablamos durante horas, me contó que mi hermano había estado siempre viviendo con ella. Había sabido cuidarla en todo momento como un perro guardián, y es que yo siempre fui mucho más gato. Raúl seguía casi igual, algo más ancho y aunque él siempre había sido el hermano mayor, ahora lo era con mucha más razón. Seguía soltero, aunque llevaba dos años y medio saliendo con una chica, y parece que esta vez iba en serio. También hablamos sobre nuestros amigos. Al parecer Jesús se había casado hace ya algunos días –bueno, años…- y era padre de una niña. En mi imaginación bromeaba lo fácil que resultaría ganarle ahora al frontón, yo con mis escasos 30 y él…bueno, qué más da, tan sólo tendríamos que buscar algo que nos equilibrase a ambos, ¿golf?  Algunos de los restantes se les había perdido la pista. Por ejemplo, Ernesto se fue a Londres, y ahora vivía allí. En cuanto a Roberto, ahora dirigía la empresa de su difunto padre y estaba divorciado.

Con todo, no podía evitar pensar que el resto de mi vejez la pasaría en solitario. ¿Sería este el precio que debía pagar? Me había decidió a marcharme al campo, no quería saber nada del mundo excepto de mi familia.  Al rato, una mujer que me reconoció salió al encuentro.
-Es usted, ¡el viajero del tiempo!- ¿Debía sentirme orgulloso? No lo creo, pero asentí y me presté a escucharla. –He seguido muy de cerca todo el acontecimiento, no se imagina usted como me gustaría poder hacer lo mismo, más ahora teniendo en cuenta que quizá en el futuro existan nuevos medicamentos para la enfermedad que padece mi marido-
-Ninguna enfermedad podría devolverme todo este tiempo- Le dije. –Ustedes pasarán el tiempo que les quede juntos, pero yo estaré obligado a vivir en soledad mis últimos días, perdiendo a todos aquellos a los que conocí- Quizá ahora lo enfocara de modo distinto. Ello me hizo pensar en Marga. Ahora sería una mujer bien madura, es probable que se hubiese casado y formado una familia. Yo lo había sacrificado todo a cambio de que, ¿de vivir un poco más y peor? No podía evitar echarla de menos, habíamos compartido muchas cosas y fui un egoísta al marcharme. 

Un par de semanas después, el aguijonazo de la culpa me hizo mover el culo, así que decidí ir a verla. Comprobé en el registro que su dirección seguía siendo la misma, aquel barrio residencial de verdes hayas representaba –junto al jardín botánico- el gran pulmón de la ciudad. Por un momento caí en el sin sentido de encontrarme ante una desconocida con una familia que me dibujaría una de esas sonrisas cínicas. Después de todo, ¿quién era yo para molestarla? ¿No había decidido ya un futuro en solitario? Las brasas aún candentes en mi interior me obligaron a llamar a la puerta, pues para mí, no hacía sino escasos días que no la veía, aunque para ella fuera mucho más. Llamé y me abrió sus puertas de cristal. Allí estaba el fantasma, intemporal, igual que siempre, con su pelo largo y los labios callados, nos miramos como dos lechuzas asustadas. Envolviéndonos con las alas nos besamos y callamos para siempre, juntos.
Resultó que sí hubo un sexto pasajero, incorporado minutos después de dormirnos.
Pocos días antes, sabiendo que no me iría sin más, decidió romper conmigo. He de confesar que eso me facilitó las cosas, de otro modo no hubiese podido marcharme sin más. Marga siempre supo ir un paso por delante, incluso cuando se trataba de viajar, sabía cómo anticiparse a los hechos. Esta vez lo hizo una vez más. Éramos dos idiotas en un tren, pero dos idiotas enamorados, lo demás, no importaba demasiado.

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