A mi amiga Isabel, te prometí una donde no podían faltar ni africanos ni vino.
La primera vez que te vieron los africanos,
acariciabas un racimo con tus manos,
hija de las cosechas de tu padre el sol,
traías a la antigüa África el despertar del hombre.
Y se cantaban canciones sobre tí y tu pálida piel,
leyendas y mitos que explicaran la luz entre lo oscuro,
los lagos de los desiertos atrapados en dos ojos,
sangre de vino dulce con la que se embriagan los hijos de la tierra.
Algunos susurraban que bailaste en el Ganges,
lejos ya de la memoria de oriente donde anidan las aves.
Otros venían de la sabana portando nuevas de la hija de un dios,
la que al nacer se envolvía en la piel del toro íbero.
Trajiste el amancer al hombre,
ahora que te vas con el sol envuelto en tu pelo,
dejas a los africanos solos con el hambre,
anhelando tu regreso de uvas y risas para su consuelo.
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